by Samaria Márquez Jaramillo

C o n t e n i d o

Editorial

Durante décadas, Colombia en política fue bipartidista. Los partidos Liberal y Conservador impidieron llegar a las urnas a cualquier otro tipo de manifestación política, hecho que ocasionó una cruel y sangrienta violencia. Luego llegó la situación más dañina para la estabilidad y desarrollo de Colombia y se llamó Frente Nacional, de ingrato recuerdo y que carga con todas las acusaciones por que nos convirtió en eunucos políticos puesto que al finalizar el pacto quedó engendrada la pulverización partidista que llevó al poder, en muchos casos, a personas que no eran, por cierto, dignos representantes del honor nacional y el sistema electoral se convirtió en uno de los más egoístas y fragmentados, donde candidatos triunfaron por su nicho electoral, sin tenerse en cuenta el servicio que podían brindarle a Colombia.
Y surgió el acto Legislativo 01 de 2003, llamado de la reforma política al que la Registraduría Nacional del Estado calificó como exitoso e introductor de una excelente ingeniería electoral, en tanto redujo sustancialmente el número de partidos políticos en el país y el número de listas de candidatos a elección por partido o movimiento político. Sin embargo, se hace necesario observar si se produjo un cambio en la representación de los intereses de los ciudadanos.
La reforma política del 2003 estableció un porcentaje mínimo para acceder a Corporaciones públicas mediante el derecho a que los votos sean tenidos en cuenta porque superaron el llamado umbral, que es una figura jurídica que se refiere al mínimo de votos que debe tener un partido, agrupación política o cívica para que los votos de los candidatos le sirvan para ser elegidos. Para el Senado se requiere que la suma total que obtenga una fracción, partido o grupo político o cívico sea

superior al 3% de los votos emitidos totales. Para la Cámara la condición para superar el umbral es tomando, al final del 1º conteo de votos la suma total de los emitidos, dividiendo esta suma por números de curules asignadas de acuerdo al número de sus habitantes, (en el Quindío se disputan 3 curules este resultado se llama cociente electoral. Dividiendo por 2 el cociente electoral se obtiene la suma llamada umbral.
Todo lo anterior, arropado con el manto de legalidad, es una trampa para que no lleguen a ocupar las curules partidos de garaje pero por el revés de la moneda llegan a representaciones políticas, léase curules, candidatos que logran escaños con muchos menos votos que candidatos que teniendo votaciones sorprendentes y representar el querer ciudadano no lo alcanzan como sucedió en el Quindío que para la Cámara de Representes el umbral fue de 32.502 votos y del grupo Pacto Histórico, Luz Elena Forero alcanzó 27.546 votos y no consiguió escaño mientras sí lo lograron candidatas con mucho menor votación como Piedad Correal Rubiano con 16.741 votos (hasta ahora sin confirmar) y Sandra Bibiana Aristizabal con 11.599 sufragantes, mientras la máxima votación en el Quindío la obtuvo Jhon Edgar Pérez con 32.387 sufragios(hasta ahora).
En política, quien la ejerce debe bajarse cuando su colocación en la rueda se encuentra en la parte más alta, de lo contrario se convierte, no en una luz que agoniza, sino en una que ya fue apagada y, lógicamente, no alumbra, no guía y ocasiona el parto de los montes e incomprensión y frustración entre los que preguntan: ¿Qué pasó?
En resumen: En el Quindío se dinamizó el aserto de Pacho Maturana: “Más es menos y/o perder es ganar”.