by Samaria Márquez Jaramillo

El arte a cada paso

Gean Guichard-Melli
(Tomado del libro Cómo mirar la pintura)

De vez en cuando, burlando la vigilancia de los guardianes, un energúmeno la emprende contra La Gioconda a pedradas, la disfraza ridículamente con unos bigotes o bien, pura y simplemente se la lleva debajo del brazo. ¿Por qué La Gioconda?Sin duda por ser la más ilustre obra de arte conservada en Francia. Es la obra de arte por excelencia. Pero, por célebre que sea, por admirada que sea diariamente en su santuario de la Gran Galería por millones de visitantes –extranjeros y provincianos- esta celebridad no puede compararse con la verdadera gloria que conoce Monna Lisa, al día siguiente de cada atentado. Ese día la altanera criatura de Leonardo de Vinci abandona su dorada cárcel del Louvre, su habitual compañía de admiradores y aficionados al arte para descender deliberadamente a la calle. Va en el metro, en el autobús, a la oficina y a la fábrica. Conquista la primera página de todos los periódicos de la mañana. Su fotografía se publica, acompañada de sabrosas anécdotas, como si fuera una actriz de moda. 

Repentinamente empieza a existir a los ojos de millones de personas para las que no era más que un nombre o un incierto recuerdo.

En el espacio de unos instantes, el arte hace irrupción en el escenario de la actualidad , ese escenario , que ocupan  permanentemente los políticos, las estrellas de cine, los campeones ciclistas, los criminales y que, para la mayoría de los contemporáneos constituye el teatro del mundo, el teatro del presente perpetuo.

Pero es preciso un hecho de esa importancia para que el arte penetre realmente en lo que se denomina la vida cotidiana, al nivel del café matinal: Es preciso que un nuevo millonario pague por un Gauguin más de un millón de nuevos francos o que arda una iglesia donde estén colgados varios Rafael.

Al margen de estos casos excepcionales, cogidos al vuelo, las artes llamadas plásticas son objeto de artículos relegados una vez por semana a las últimas páginas que poco menos son leídas pues no aparecen allí sino nombres desprovistos de aureola, entre los meandros de un discurso oscuro, esmaltado de términos sin prestigio aun cuando técnicos: No figuración, expresionismo o informalismo distan mucho de poseer la virtud de sprint o incluso de escrutinio por no empezar diciendo ¡gooll!