by Samaria Márquez Jaramillo

Homenaje al recuerdo de  una gran agente literaria:

Carmen Balcells y las bellas artes*

Manuel Vazquez Montalban

N. de la R: Dicen que Vazquez Montalban se refería a la inexistencia de la muerte y complementaba asegurando que se deja de respirar porque a dónde vamos es una galaxia espiritual.Ahora, a los 18 años de su muerte, el recuerdo de él ya es mayor de edad, ese umbral que al ser traspasado, los hechos se desplazan por otro ordenamiento.¡Ojalá fueran sinónimos mayoría de edad y edad de la madurez!

Cuando De Quincey razonaba que el asesinato era una de las bellas artes no sólo contribuía a la historia del minimalismo literario, sino que abría el concepto de bellas artes a toda conducta hábil y canónica para conseguir algo.

Doña Carmen Balcells, superagente literaria que pasará a la historia de la literatura universal por su empeño prometeico de robarles los autores a los editores, para construirles la condición de escritores libres en el mercado libre

Hasta Carmen Balcells, los escritores firmaban contratos vitalicios con las editoriales, percibían liquidaciones agonizantes y a veces como premio, recibían algunos regalos en especie; por ejemplo, un jersey o un queso Stilton. Muchos escritores padecían el síndrome de Estocolmo con respecto a los editores, y se cuenta que un famosísimo y hoy venerado gran autor catalán se amoscó cuando le ofrecieron un cheque en blanco y prefirió seguir en régimen de producción esclavista. “Demasiado dinero. El oferente no podía ser serio”.

Antes de que lo consiguieran los futbolistas, Carmen Balcells limitó el derecho de retención de los escritores y ayudó a los editores a descubrir las buenas intenciones, reprimidas por un mal entendido sentido del oficio. Gracias a Carmen Balcells yo he visto escritores y editores felices, incluso amigos, aunque la leyenda de la superagente cuenta que en cierta ocasión se reunieron importantes editores nacionales e internacionales para pactar un boicoteo contra la agresiva profesional. Nunca respetaron el acuerdo al que habían llegado porque la señora Balcells tiene una cartera de escritores imprescindibles en el ecosistema editorial. 

Mis relaciones profesionales con ella arrancan del día siguiente en que gané el Planeta (1979) y a mis 40 años me descubrí escritor competitivo y cansado de luchar con los editores por anticipos que tardaba a veces 10 años en amortizar o que no amortizaba nunca. 

Mi demanda de auxilio espiritual a Carmen, tuvo algún antecedente: Cuando publiqué en 1972 Yo maté a Kennedy, Carmen me pidió volver a presentar esta novela  porque consideraba que podía ser un éxito internacional. Ni siquiera lo fue nacional, y la primera edición se vendía poco después a precio de saldo en unos grandes almacenes entonces iletrados y hoy convertidos en importantes vendedores de libros y primaveras. 
Nuestra segunda relación la establecí yo al opinar humorísticamente que Carmen Balcells era una superagente literaria con licencia para matar como James Bond, y a pesar de lo arriesgado de mi afirmación puedo testimoniar que no sufrí ningún atentado y, si no recuerdo mal, jamás Carmen ha iniciado una conversación conmigo previa presencia de una pistola sobre el tablero de la mesa. No todos pueden contar lo mismo, porque la leyenda Balcells insiste en que Carmen puede ser peligrosa cuando se cala el incorrupto sombrero de fieltro gris de Humphrey Bogart, obsequio de Terenci Moix; saca del cajón superior de la mesa de su despacho la pistola de cadete del Leoncio Prado que le regaló Vargas Llosa antes de no ser presidente del Perú; o vence la tentación de apretar el resorte que abre la fosa de los cocodrilos bajo los pies del negociador que perdió el favor del mar. 

Ese resorte, insisten mis informantes, se lo propició Juan Marsé, procede de una subasta de los bienes virtuales de Fu-Manchú y constituye la más deseada amenaza que moviliza el masoquismo de los negociadores, deseosos de caer en el abismo y aliviados cuando salen del despacho sin mordeduras. Mas no es la amenaza la parte substancial de la leyenda Balcells, aunque se asegura que por los ambulatorios de este mundo son centenares los editores que desfilaron con los pies tiroteados o con la cabeza cortada bajo el brazo derecho o izquierdo según las afinidades, porque   ni Nélida Piñón, Rosa Montero, Ana María Matute, Ana María Moix, Carme Riera, Isabel Allende o Rosa Regàs cambiarían a Carmen Balcells por un agente y no lo hacen porque además se sacó a García Márquez, Sánchez Ferlosio, Bryce Echenique, Valente, Scármeta y Juan Goytisolo del mismo escote.

Representante de premios Nobel y Cervantes, de escritores de éxito, la he visto apadrinar el talento sin reservas y sin cálculos y luchar por los talentos emplazados en maratonianas negociaciones que deberían figurar como una de las bellas artes, porque el cerebro de Carmen Balcells trabaja a la velocidad de la luz y va provisto de un aguijón implacable si el interlocutor se pasa de tonto o de listo.
García Márquez la describe bañada en lágrimas, pero no hay que fiarse. Balcells llora a punto de indignarse o se indigna a punto de llorar, pero es capaz de ni llorar ni indignarse sobre todo en presencia de sus pupilos más caballerescos y armónicos, por ejemplo Mendoza o Sampedro.

Dicen que se retira del oficio por las calles de los prodigios, en una piragua belle époque, obsequio doblemente jubilatorio de Eduardo Mendoza, que se ha retirado de la novela tanto como Carmen Balcells de la representación literaria. Los que la desconocemos bien sabemos que esa retirada es estratégica y que desde las alturas de su torre de merengue y acero acecha los nuevos horizontes tecnológicos de la edición y un día volverá para sacarnos a todos sus escritores del colegio y llevarnos de paseo por los espacios más hermosos y virtuales, después de reunirnos para escucharnos frases brillantes que ensayamos antes de ir a sus cenas, no vaya a resultar que Félix de Azúa nos joda la noche y el prestigio. 

* Este artículo apareció en la edición impresa de El País de España, el viernes 26 de mayo de 2000.