by Samaria Márquez Jaramillo

Antoñico el lotero, el hombre más amado de Cartagena
(Murcia, España)

“Eres más gafe que Antoñico el lotero, que vendió lotería durante décadas y nunca dio un premio” (Dicho popular cartagenero)

Por Javier Cortines 

Con el refrán que encabeza este artículo comienzo la obra “Conversaciones en el Café Columbus”, una historia de Cartagena[1], que es una crónica en la que retrato, entre otras cosas, a personas corrientes: mendigos, músicos callejeros, vendedores de cupones, camareros, cocineros, etc. que por algún motivo destacan en esta polis que se encuentra a pocas millas de las costas africanas.

En el libro, escrito a modo de Diario del Año 2014, uno de sus personajes es Antoñico el lotero, con quien me encontré hace unos días y estuvimos charlando animadamente de cosas que no interesan al mundo académico -preocupado por el vuelo de los dioses- ni a los mascarones de proa de las mass media, cuya misión es crear una corriente de pensamiento plana, acrítica, amorfa (donde abundan los loros que repiten todo lo que oyen) y que por una u otra razón siempre encaja con los dictados de los amos, independientemente de su color o bandera.
Nuestro personaje, de apenas un metro de altura, ha sido portada muchas veces de periódicos locales y objeto de numerosas entrevistas. Nunca ha conocido el paro en su vida a pesar de que frisa con los setenta y cinco años de edad. Como agudo observador y protagonista activo de su época ha tenido tiempo de sobra de conocer las dos Españas (la de Caín y la de Abel).
Antonio García Micol, que ha trabajado de lechero, zapatero y lotero, tiene una filosofía muy sencilla que aquí todo el mundo conoce y que se resume con estas pocas palabras: “La unión de todos los seres humanos para que juntos luchemos por el bienestar de la humanidad”.

Dice la gente -lo que no me he atrevido a preguntárselo directamente- que se pasa largas horas en un centro médico de la ciudad, el Hospital de la Caridad, acompañando y animando a los que sufren, sobre todo a los enfermos terminales.

Se cuenta que ha llegado a un acuerdo con el hospital para que, cuando caiga enfermo o sienta la llegada de la parca, se hagan cargo de él como pago al trabajo que realiza gratuitamente en el centro médico.

Antoñico el lotero (señalo en la contraportada de Conversaciones en el Café Columbus, fundado en 1932) “es el enano más célebre de la ciudad (y del mundo, como se diría en Juego de Tronos”.

Conocí a Antoñico en 2014, en una peluquería regentada por José Carlos García (Perlica) que estaba, hasta su defunción[2], en el casco antiguo de la ciudad, en la calle San Francisco.
“Yo aguardaba a que me tocara mi turno y Antoñico estaba de pie leyendo un periódico que había desplegado en el asiento de una silla. Recuerdo que pasaba las páginas, en su improvisada mesa, tras mojarse un dedo con la lengua. 

De repente un cliente empieza a hablar de cine y cada uno de los presentes cita su cinta favorita. Al escuchar el encendido debate, Antoñico se giró lentamente, con parsimonia, y sentenció: Yo la mejor película que he visto en mi vida es Blancanieves y los siete enanitos[3]”.

Luego continuó su lectura de postverdades tras dejarnos a todos pasmados, desarmados con nuestra retórica barata, producto de lavados de coco de Hollywood. 

Conversaciones en el Café Columbus es una obra circular que se abre con el refrán de entradilla y se cierra con una afirmación contundente que me transmitió el dueño del establecimiento, Félix Sánchez Fructuoso, tras mantener una breve charla con Antoñico. 

Ese es el mejor hombre de Cartagena- me dice Félix[4]- mientras el duende desaparece, como por arte de magia, entre las siluetas de la calle Mayor, la arteria principal de esta urbe que se queja, con toda la razón del mundo, de lo olvidada que está de los jerarcas de Madrid. 

En la época cantonal Cartagena acuñó hasta su propia moneda y, si no fuera por “los foráneos”, otro gallo hubiera cantado, dice alguno que otro nostálgico de tiempos que no volverán, esos que se parecen a las oscuras golondrinas de Bécquer. 

El pasado viernes, primero de abril, le regalé a Antoñico mi libro y le escribí una dedicatoria en la que resalto su valentía, coraje, empatía, y esfuerzo constante aportando pequeños granos de arena para construir un mundo mejor (peor creo que va a ser difícil). 

Para terminar, diré que admiro el idealismo de Antoñico y eso me duele en el corazón porque yo he ido perdiendo, golpe a golpe, la capacidad que tiene él para ilusionarse, a pesar de los oscuros nubarrones del horizonte.

Yo ahora milito en el Partido por la Mitad (PPLM). Antes de inscribirme a esa agrupación política era un miembro destacado del Partido en Pedazos (PEP), formación inestable que abandoné (o me echaron, ya no me acuerdo) cuando “me conocí a mí mismo”, tras seguir los consejos de la pitonisa del oráculo de Delfos, allí donde llega la luz de Apolo.

Recomiendo a mis congéneres, tanto humanos como humanas, que no sigan mis pasos, que es mejor dejarlo en el misterio, pues conocerse a uno mismo (o intentarlo) sólo produce, en el mejor de los casos, sustos, enfermedades idiopáticas e ictus cerebrales.

[1] Conversaciones en el Café Columbus, Una historia de Cartagena (Ed. Aebius, Primera edición: Febrero de 2022).

[2] Ibíd. Pág. 363. La nota al pie número 17 dice: José Carlos García (Perlica) falleció en diciembre de 2018. Su cadáver fue hallado, flotando en el mar, por un pescador que pasaba por el muelle de Alfonso XII. Acababa de jubilarse y tenía 69 años. Las causas de su muerte siguen envueltas en el misterio. Durante los años que fui a su histórica y familiar peluquería, nunca noté en él la más mínima sombra de tristeza o pesadumbre. Todo lo contrario, era optimista, vital, religioso, y tenía una genética, según me contó, que hace que sus familiares sean centenarios.

[3] Ibíd. Págs. 362 y 363.

[4] Ibíd. Pág. 403.
Nilo Homérico