by Samaria Márquez Jaramillo

Crítica, esperanza y humor, desconcierto, extravío y frustración

Albert Chillón*

*1 (Hospitalet de Llobregat, 1960) es escritor y ensayista, profesor de teoría de la comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona, y director del máster en «Comunicación, periodismo y humanidades» en la misma universidad. Veterano estudioso de las relaciones entre literatura y periodismo, desde mediados de los años noventa explora los vínculos entre comunicación y humanidades, con especial acento en las contribuciones de la antropología filosófica. Ha publicado La condición ambigua. Diálogos con Lluís Duch (2011), y es autor de  la novela El horihorizonte ayer (2009) y de la monografía Literatura y periodismo. Una tradición de relaciones promiscuas (1999), entre otros libros y artículos.  En colaboración con Duch, escribió artículos de opinión en La Vanguardia y El País y publicaron juntos Antropología de la comunicación en dos volúmenes.

El desconcierto y el extravío, la frustración y un acusado sentimiento de pérdida son compartidos por una creciente mayoría de los ciudadanos. A excepción de las minorías pudientes, enriquecidas gracias a la especulación con la crisis, la sociedad civil deambula a tientas en la niebla niebla, incapaz de atisbar los contornos de un futuro preñado de amenazas y peligros. Apenas cinco años han bastado para trocar la sociedad del riesgo –así bautizada por Ulrich Beck en la década de los noventa– en una sociedad del miedo que atenaza la cotidianidad y el horizonte de los sectores más vulnerables de la ciudadanía, juventud incluida. 

Casi desprovistos de pertrechos críticos y de idearios alternativos que orienten su actuar privado y colectivo, los ciudadanos tienden a acatar los dictados del establecimiento económico, político y mediático, y a cegarse con sus espejismos. De acuerdo con estos, la presente debacle sería una suerte de fenómeno meteorológico cuyas causas y designios inexorables e inescrutables, como el destino para los griegos– carecerían de identificable responsabilidad y autoría. Un accidente natural que que sólo admitiría, por ello mismo, las respuestas y medidas que el conservadurismo hegemónico impone –o bien, claro es, los conjuros mágicos del identitarismo, presuntamente capaces de trocar en unánime e idílico éxtasis (“salida”) el actual pandemonio.

De todo ello se desprende, entonces, una pregunta de fondo que los mantras y hechizos en boga no responden, sino que oscurecen: ¿qué ha pasado? ¿Cómo es posible que los patentes logros políticos y económicos que fundó la transición a la democracia –imbuida de creencia en un factible progreso– hayan desembocado en este retroceso general? ¿Cómo puede ser que las cotas de bienestar alcanzadas desde los años ochenta por tres cuartas partes de la población estén resultando en un creciente y agudo malestar, y que la misma convivencia plural se halle en jaque, asediada por corrosiones exteriores e interiores? ¿Por qué, en suma, se ha convertido en reversible el patrimonio económico, político y moral que hasta hace poco juzgábamos irreversible, amén de ganado de una vez por todas para el futuro?

Todos los indicios sugieren que, a semejanza de los ilustrados del siglo XVIII, la ciudadanía ha dado por supuesto que las dimensiones material y moral del progreso estaban ineluctablemente llamadas a avanzar de la mano, como si el auge de la riqueza garantizase el de la ética y la civilidad, los valores y las costumbres. Y también sugieren que, embriagados por el formidable ascenso del nivel de vida durante los tres pasados decenios, buena parte de los ciudadanos han compartido las ensoñaciones y delirios de prosperidad fomentados por un capitalismo triunfante que, tras el derrumbe del sovietismo, logró sacralizarse a sí mismo. Ensoberbecidos por un enriquecimiento tan precipitado como irresponsable, que parecía alcanzar para todo a casi todos, demasiados individuos han reemplazado la sobriedad por el derroche y la ética del ser por la de tener. Y lo han hecho a lomos de un necio sálvese quien pueda que, por decirlo al lúcido modo de Machado, ha confundido valor y precio, y el autolimitado cultivo de la vida buena, por los tentadores espejismos de la buena vida, esa que, para regocijo de los beneficiarios de la crisis, revela hoy su envés ominoso.

Las estrecheces que nos afligen no son sólo económicas, ni un mero episodio cíclico del capitalismo. Se trata, antes bien, de una quiebra social y cultural de gran envergadura, cuyas raíces cabe buscar en la degradación de los ideales cívicos, políticos y morales cultivados tanto por el milenario humanismo como por la moderna Ilustración, y por la plural tradición que emana de ambos. Estamos inmersos en una metamorfosis epocal que supondrá, muy probablemente, el final de un mundo y el alumbramiento de otro cuyos perfiles podemos apenas barruntar. Y es justo ahora, en este azogado tránsito entre dos eras, cuando más urge combatir las derivas deshumanizadoras que por doquier cunden mediante la regeneración de la humanizadora esperanza. 

La engañosa prosperidad fácil de las últimas décadas, sumada a la superstición economicista que ha deslumbrado a Occidente, ha alentado la adoración al becerro de oro del progreso exclusivamente material, y despreciado las dimensiones humanizadoras que todo verdadero progreso debe revestir: la sanación y pacificación del fuero interno, correlativa a la armonización del fuero externo que vincula a los sujetos en una vida pública cívica, solidaria y decente. En medio del griterío aturdidor y de los ilusionismos que nos ciegan, resulta de capital importancia reparar en que el trance político y económico que padecemos posee un trasfondo trascendente sobre el que urge actuar: es la salud psíquica y moral, el sosiego y la conciliación de las personas y de los colectivos lo que es ineludible regenerar. Avanzando en pos de los más nobles fines humanos mediante el ejercicio de la crítica responsable, de la indispensable esperanza y hasta del humor compasivo y sanador, como se camina en pos de un horizonte utópico que nunca nos es dado consumar, pero cuya visión endereza cada uno de nuestros pasos. No en pos de la buena vida, sino de una vida digna de llamarse buena. No voy tras una vida digna y buena sino en búsqueda de una vida digna de llamarse buena Resulta una obviedad afirmar que el desprecio de los políticos sirve de termómetro privilegiado para medir la temperatura de nuestra crisis.

En un viaje narrativo que tal vez evoque la iluminadora experiencia en las cimas carcelarias de la desesperación del exbanquero de Banesto, el relato de Dumas termina alumbrando la convicción moral de que lo malo no surge de las estructuras económicas o sociales, sino del perverso corazón de ciertos hombres. Desde esta óptica melodramática, hoy la política se asocia con una corrupción mítica que, como el diablo, cambia continuamente de rostro.

Ahora bien, justo porque queremos combatir esta proyección imaginaria, es preciso no eximir de crítica a los políticos. Es más, para comprender este resentimiento, a este primer desprecio de los políticos debería sumarse también el desprecio de los propios políticos… hacia la política. Si un sector importante de la población española siente, en su impotencia, alguna empatía por Dantés, es también por la situación de desorientación y obsolescencia política en la que nos ha arrojado la práctica de los partidos mayoritarios. 

Cuando el horizonte político se encoge hasta reducirse a un mero dominio tecnocrático excluido de todo proceso de deliberación público, no tarda en abonarse el terreno, primero al cinismo y luego a reacciones de demagogia antipolítica. 
Por todo ello, en el marco de una cultura cada vez más regida por la creencia en lo inmediato, lo expresivo, así como reacia a todo mapa comprensivo del malestar, las condiciones de posibilidad para dinámicas carismáticas están maduras. “Necesitamos líderes fuertes y no maricomplejines”, se dice insistentemente desde la caverna mediática.
Esta interpelación carismática derechista puede tener éxito entre otras clases sociales porque, en la atonía de la izquierda, impera una gramática despolitizada para expresar el malestar. Aquí, la posibilidad de realizar conexiones más complejas entre la frustración individual y sus explicaciones estructurales ha sido neutralizada por, entre otros factores, la atomización del tejido social laboral y la realpolitik de partidos. En un contexto de hegemonía neoliberal, sin embargo, no basta, si no resulta ingenuo, apelar, de forma abstracta e histérica, frente a la “amenaza fantasma” populista, a las buenas maneras de la reflexión distanciada. Como ya advirtiera Ernst Bloch, ante la irrupción nacionalsocialista en Weimar, lo urgente no es gritar vade retro al demonio populista, sino “quitarle —no sin un arduo esfuerzo— sus armas mentirosas y sus artificios”.

Frente al peligroso giro del “todos los políticos son iguales” no necesitamos, pues, petulantes exorcistas del mal, sino análisis modestos de la situación. Esto es, solo comprendiendo estos contenidos populares, interviniendo en estas retaguardias ninguneadas y politizándolas con humildad “desde abajo” cabe encontrar salidas a este creciente resentimiento. Si la izquierda señorita prefiere construir sus cartografías desde distancias prefijadas en lugar de atender a las novedades del presente, corre el riesgo de trabajar para su enemigo.

Es el “secuestro” tecnocrático de nuestra capacidad colectiva de decisión el que, fomentando una masiva despolitización, despierta el espíritu antipolítico de los Montecristos. Por ello, en la medida en que están quedando excluidas de discusión pública las cuestiones realmente importantes, inquieta la condena de todo debate más amplio, como el impulsado por el 15-M, sobre el sentido de nuestro futuro, así como urge denunciar las maniobras destinadas a generar miedo en la sociedad civil: figuras como la delegada Cristina Cifuentes están peligrosamente jugando con fuego al identificar el ejercicio público y responsable de la desobediencia civil con un golpe de Estado. Solo quien se contente con una democracia espectral sin demócratas de carne y hueso puede criminalizar estas iniciativas.

Por tanto, informar y opinar tienen funciones distintas. Las informaciones y opiniones influyentes se canalizan a través de los medios de comunicación. En los últimos años han adquirido un gran peso en este campo las tertulias: diversos invitados debaten sobre un tema de actualidad bajo la batuta del director del programa. Las tertulias sólo tienen valor en la medida en que se utilicen buenos argumentos y se expresen puntos de vista distintos. Ambos factores son cada vez más infrecuentes ya que, o bien sus participantes adoptan el estilo hooligan de ciertos aficionados al fútbol, o bien se les induce a formar parte de una coral en la que no deben desafinar. Afortunadamente hay excepciones, cada vez más raras.

Es difícil a veces diferenciar en las tertulias la información de la opinión, tal es la velocidad con la que discurre la conversación y el natural desorden expositivo de quienes en ellas intervienen