by Samaria Márquez Jaramillo

El coronavirus, Thomas de Quincey, Fu-Manchú y la Sinofobia…

JOHN WILLIAM WILKINSON *

* Irlandés que es de Barcelona y tiene a su familia en Australia, asegura que ningún extranjero es malo por el solo hecho de serlo; escribe cuentos cortos y hace trochas caminado sobre la vida en viaje de  de  hipster a hacker.  

El miedo tiende a señalar a un culpable, a un chivo expiatorio, al que achacar sus males, extremo que explotan los populistas con ahínco. Uno de los daños colaterales que ha generado el coronavirus es la tan nociva como irracional ola de sinofobia* que recorre Occidente. Pero semejante manipulación de los sentimientos no tiene nada de novedoso, puesto que siempre ha funcionado así.

Se diría que el antisemitismo ya alcanzó su apogeo, y trágica conclusión bajo el nazismo, pero cualquiera se da cuenta de que no sólo nunca ha desaparecido del todo sino que empieza a resurgir con cada vez mayor vehemencia y número de adeptos. El odio pasa más fácilmente de generación en generación que el amor, como queda patente en las redes sociales, que es donde cada vez más personas se reúnen para dar rienda suelta a sus odios y fobias, sean colectivos o individuales. Y lo que atiza las llamas de tamaña inquina no es otro que un antiguo miedo tan cobarde como letal.

¿Serán los chinos los actuales culpables de nuestros males? Piensan muchos que el auge de la economía china no sólo hace peligrar nuestra seguridad y (supuesta) superioridad, sino que pone en entredicho los beneficios de la globalización que creíamos que serían mayormente para nosotros. Esta percepción se extiende entre los desilusionados occidentales, a quienes el coronavirus les ha proporcionado la oportunidad de percibir a los chinos como el enemigo a abatir. Se señala por la calle a gente con rasgos orientales, aunque no sean ni chinos o siquiera asiáticos. Si ahora regresara a la vida Josep Pla, lo más probable, debido a sus rasgos achinados, sería tomado por uno de ellos.

A principios de febrero, Estados Unidos fue el primer país en prohibir la entrada a viajeros que hubieran estado en China. Y no tardaron en hacer lo propio otros muchos países. A medianos de febrero Rusia prohibía la entrada a los chinos y punto. Todo indicaba -y sigue indicando- que lo que se teme no es al coronavirus sino a los chinos.

La sinofobia de De Quincey . Pues bien, hace ahora doscientos años, cuando apenas si había extranjeros en Inglaterra, y ya no digamos chinos, el escritor inglés Thomas de Quincy (1785-1859) fue poseído por una delirante sinofobia que lo acompañaría hasta el día de su muerte. Claro que se puede achacar a su adicción al opio el odio que sentía hacia el Oriente, que para él comenzaba en el río Tigris, pero sin duda había también un elemento de irracionalidad, por no decir locura.
 
Los chinos pululaban por las recurrentes pesadillas que atormentaban a este literato opiómano. Los veía en todas partes. No le cabía la menor duda de que la invasión amarilla era inminente. Escribió en su célebre Confesiones de un inglés comedor de opio: “A menudo he pensado que, si me viera obligado a marcharme de Inglaterra, y a vivir en China, expuesto a su costumbres y maneras de vivir, me volvería loco”.

En un ensayo que publicó a principios de la guerra del Opio (1839) entre Inglaterra y China, afirmó que “los chinos carecen de una civilización verdadera”, pues son “unos salvajes sin remedio en lo moral”. Era inútil explicarle que los chinos no tenían la culpa de su adicción, sino que la tenían los ingleses al inundar China con el opio que sacaban de India y que De Quincey compraba con toda normalidad por cuatro perras en cualquier botica británica.

Después de la sinofobia de De Quincey, que compartía con otros muchos compatriotas suyos, vendrían, a partir de 1913, las correrías del malvado doctor Fu Manchú, que mantendrían viva la imagen del malvado y escurridizo oriental que busca por todos los medios destruir nuestra civilización, o sea, el peligro amarillo. Ahora, representado en el coronavirus, …

Pero dejemos la última palabra -o casi- a Thomas de Quincey, que pese a no haber visto en su vida a más de un puñado de asiáticos, proclamó que, ante la insoportable posibilidad de verse obligado a vivir en China, “preferiría vivir entre lunáticos, entre alimañas, con cocodrilos o serpientes”. Esto lo escribió hace doscientos años un opiómano pirado, pero igualmente lo podía haber escrito cualquiera de los populistas que nos rodean, y no precisamente refiriéndose a los chinos.
*Sinofobia y/o sentimiento antiasiático representa un aumento de prejuicio, xenofobia y racismo contra el pueblo chino.