by Samaria Márquez Jaramillo

¡Ojo con la coherencia!

(1º parte)

Julio Mateos Montero

Los elogios a la coherencia son, a la par, muy antiguos y muy actuales, aunque, claro está, han ido cambiando junto a los mismos significados del concepto en cuestión. Mutó la percepción de la coherencia como la de todos los valores, virtudes y criterios morales. Hace unos años expuse en el pequeño ámbito de colegas y amigos que la más genuina cuna de la coherencia, como cualidad por casi todo el mundo ensalzada, se encuentra en el cristianismo. Tal consideración era hecha con una intención crítica a propósito de nuestras pretensiones de establecer una coherente relación entre la teoría y la práctica de las ciencias sociales y, más concretamente, de la educación. Desde entonces han pasado varias páginas de nuestra vida, de nuestro pensamiento y nuestros deseos. Sin embargo, mi desconfianza hacia el que enarbola la coherencia para juzgar y sentenciar en terrenos morales, filosóficos, políticos y, en general, más allá del estricto campo de las ciencias experimentales y sus instrumentos, sigue siendo una desconfianza importante.  El cristianismo (así dicho, a brocha gorda, que no hay necesidad ahora de más precisiones) generó, con su propagación y su mundano triunfo, unas formas de pensar, unas conductas y relaciones sociales de largo alcance. Construyó una moral dogmática, monolítica, de vía única, profundamente dirigida a la dominación tanto en las cosas de Dios como en las del Cesar.  Eso fue toda una ruptura con la re-ligación de los hombres y los dioses de tiempos anteriores. En la misma gran corriente de religiones y civilizaciones antiguas no siempre fue así, ya que el Dios de Abraham nada tenía de coherente, como Zeus o como Ra. El capricho, la fuerza y la veleidosa “voluntad de poder” eran rasgos primordiales de Jehová y todos aquellos dioses y héroes anteriores al triunfo del cristianismo. Pero con la aparición y el desarrollo de éste, comenzó también el divino ejemplo de su figura central, el crucificado; y la construcción evangélica de esa figura lo presenta como testimonio insuperable de coherencia desde su nacimiento hasta la muerte. Nació para cumplir su destino en la cruz como Redentor, sin una fisura en el programa, sin una quiebra en esa encarnación de la coherencia por antonomasia. Naturalmente redentor de los incoherentes, de los pecadores, de los que fallan, de los que se desvían del recto camino, etc. 

La Iglesia Católica exige la virtud de la coherencia al completo. No olvide el lector que el pecado puede ser de pensamiento, de palabra y de obra.  Uno se pregunta ¿cómo acatar esa barbaridad de exigencias? Al menos en un servidor, el pensar, el decir y el actuar son potros independientes que galopan a su aire, imposibles de ser puestos de acuerdo, de enganchar a un mismo carro.  

 El cristianismo nunca cejó de ofrecer modelos de coherencia, émulos de Cristo, los cuales fueron poblando el amplísimo catálogo de santos y mártires. No hace mucho tiempo, en Navidades de 2014, el Papa Francisco, celebrando, precisamente, a San Esteban, el primer mártir del cristianismo, decía: «No lo olvidéis: coherencia cristiana, fe. Pensar, sentir y vivir como cristianos, y no pensar como cristianos y vivir como paganos». 

Si por otra banda del cristianismo contemporáneo nos inclinamos a mirar, podemos toparnos, sin ir más lejos, con las revueltas retóricas que las gentes del Opus Dei hacen en torno a la coherencia. Creo que, extrayendo distintas carpetas del desordenado archivo de nuestra memoria, los ciudadanos españoles de cierta edad podemos recordar distintos modos destinados a inculcarnos aquellos referentes de conducta. Por ejemplo, podremos recordar libros donde aparecían “Vidas ejemplares” y otras lecturas edificantes en las escuelas primarias. También abundaba para los adultos la literatura religiosa de ese tenor, desde la lectura del influyente Kempis, a la digestión de sermones en las iglesias. Y, por supuesto, toda esa literatura estaba ajustada a una clara diferencia de género. 

Los sencillos creyentes pueden intentar ser santos, seguir a los modelos, y caer para volver a levantarse mil veces, que para eso se instituyó el sacramento de la penitencia. Pero las tuercas de la coherencia se aprietan y el listón se pone tan alto que lo más fácil (y lo mejor, pienso yo) es pasarlo por debajo. Solución, por cierto que requiere de renovadas penitencias para siempre. Ciertamente, el sistema de selección-salvación es importante también en otras religiones, pero el cristianismo lo perfeccionó de forma muy especial. 

Por supuesto, lo de predicar con el ejemplo, va unido al principio moral y normativo de la coherencia. A poco que miremos a nuestro alrededor encontraremos innumerables lugares comunes sobre este lema. Y así se machaca en el cristianismo-platonismo y todos los “ismos” que a ello se han prestado. Como si fueran menudencias de la llamada cultura occidental… Con el tiempo la tradición metafísica y sagrada de la coherencia ha venido rodando hasta el valle de la moral civil envuelta en una semántica favorecedora, como se dice ahora, de “vibraciones positivas”: sinceridad, autenticidad, rectitud, fortaleza y unidad. ¡Ojo a esta última palabra! 

Efectivamente, la coherencia no es sólo asunto de los sujetos individuales sino también, y de forma muy destacada, de las organizaciones humanas. Comunidad organizada con muchos siglos de experiencia es la Iglesia romana, así es que volvamos a ella. Desde su triunfo y supervivencia, la mayor preocupación de los cristianos era mantener la unidad bajo un mismo credo, bajo un mismo mando; evitar las desviaciones y cismas, combatir las herejías y controlar las corrientes autónomas. En definitiva, la unidad. La historia de la Iglesia ha sido una permanente lucha por mantener esa pétrea fortaleza a costa de lo que fuera. Desde la seducción y el control sutil de sus fieles, a la más violenta de las represiones.

Las guerras de religión en la vieja Europa fueron muy crueles y duraderas. Todo por la unidad en la fe. Nunca fue tarea fácil, pues desde los comienzos –¿cómo podía ser de otra forma?– las escisiones y luchas internas no cejaron. Por otra parte, había que mantener bajo el mismo manto de la fe a una masa cada vez mayor de sencillos creyentes (“la fe del carbonero” suele decirse…) y a una minoría intelectual de clérigos y jerarcas especialmente dedicados a la alta teología. De esta particular coherencia se ocupó Antonio Gramsci (si no recuerdo mal en La formación de los intelectuales). El pensador italiano hablaba de la distancia entre intelectuales y “simples” creyentes y destacaba la función de los Jesuitas en restañar heridas, rellenar las grietas y abismos de incoherencia, por ejemplo, entre ciencia y fe1. En primera instancia, la Iglesia recurría a la prohibición explícita en el Índice de obras supuestamente disolventes o desviadas de la doctrina; a cercenar el pensamiento por arriba como opción más económica y factible. Pero al otearse las limitaciones de esta estrategia los jesuitas gestaron en su seno la construcción de coherencia pertinente en cada momento. 

Entre reformas y contrarreformas, entre violencia y ciencia, entre evangelización y educación, se forjó el mundo moderno. En el centro de esas agitadas aguas siempre aparece la lucha del cristianismo por una hegemonía doctrinal fuertemente cohesionada, una obsesión por la unidad de la fe como garantía de supervivencia. Ya no se trata del sujeto individual, no es solo la perdición de un miembro, sino de todo el cuerpo Místico de Cristo.  Todos los miembros forman en la Iglesia «un cuerpo coordinado y unido» (Ef. 4, 16) en el que todos tienen una parte y una función que está en perfecta armonía y unidad. En realidad, el conjunto del capítulo cuarto de la Epístola a los Efesios expone con precisión el discurso que aquí es reseñado. La metáfora anatómico-fisiológica fue sabiamente manejada por Pablo de Tarso o por quien fuera el autor de la epístola. Aún hoy, se alude a los procesos de derrumbe de un Estado, de un partido político, de una empresa, de una familia como desmembramiento. Como si todas aquellos “estructuras estructurantes” de la sociedad cuya supervivencia requiere la armonía, la unidad, la cohesión de sus partes, fuesen amenazadas, perdida su coherencia, de un final horrible, que evoca la muerte y tortura que se aplicaba a los cuerpos culpables en diversas civilizaciones.

1  El caso de Teilhard de Chardin y su participación a propósito del evolucionismo es paradigmático. 
2   Una tesis doctoral muy laureada de Leticia M. Ruiz, La coherencia de los partidos políticos. Estructuración interna de la élite parlamentaria latinoamericana, indaga sobre índices de “coherencia partidaria”.